A lomo de Indio
 


Tomado de la revista

AÑOS HA.

AHORA QUE EL INSTITUTO GEOGRÁFICO AGUSTÍN CODAZZI NOS ACABA DE ENSEÑAR QUE COLOMBIA LIMITA CON ONCE PAISES Y NO CON CINCO, COMO LO HABÍAMOS APRENDIDO Y QUE SU EXTENSIÓN TERRITORIAL ES DE 2.070.408 KM² Y NO DE 1.139.155 KM² , VALGA LA OCASIÓN PARA ACTUALIZAR TAMBIÉN EL ALMA DE LA PATRIA .

QUE MEJOR QUE TRAER A COLACIÓN LA SIGUIENTE ANTOLOGÍA DEL ESCRITOR LUIS EDUARDO NIETO CABALLERO, DE 1937.

"Pero los colombianos ignoramos a Colombia

Nuestra patria nos es desconocida. Los que más la hemos recorrido tenemos siempre ocasiones de sorpresa. No importa la dirección que en nuestras peregrinaciones tomemos: en todas partes sale a nuestro encuentro, como un lebrel jubiloso, el paisaje ensoñador, la aldea coqueta, el seductor misterio de las vidas sencillas, la lección del trabajo o de la abnegación, la bondad de una acogida que nos encadena. No hay sobre el planeta gentes mejores que las nuestras. Bien está que del mismo modo sienta cualquier hombre respeto de su patria. Para el colombiano, la fortuna, el cariño, la ventura, el prestigio, sí se encuentran en Colombia.
La patria es emoción. Sentir en todas sus regiones la atracción que ejerce sobre el alma, es tener un capital de idealismo colocado al interés más alto. Es un derroche el pago de intereses. Los intereses son crepúsculos, auroras, ríos taciturnos o vehementes, montañas religiosas, valles llenos de paz. Los intereses son la alegría de la contemplación, el misticismo que despiertan la íntima comunión con los seres, la lección de las cosas y como complemento de valor indefinible, los afectos que nacen". ¹

¹ "Nuestro lindo país Colombiano". 1937 Daniel Samper Ortega.

El viajero que recorre hoy las montañas del Quindío en automóvil no alcanza a imaginar las penurias que pasaron hace siglo y medio nuestros antepasados al cruzar la Cordillera Central cuando sólo existían trochas. En una crónica de bravura y osadía, el expresidente Manuel María Mallarino describe una jornada de Ibagué a las proximidades de Armenia. Muchos de los que arriesgaron su vida al cruzar la cordillera dejaron hecho su testamento. De las fondas mencionadas, sólo queda una tienda en el camino: la del Toche en la vereda del mismo nombre, en el contrafuerte de la cordillera. Esa trocha recorrida y frecuentada por gente temeraria iba paralela al rio Combeima para luego trepar en el punto mas vertical de la Cordillera Central. Los arrieros la cruzaron tantas y tantas veces que a fuerza de frecuentarla abrieron camino al andar para luego transformarla en el acceso al Quindío. A los CAMINOS VECINALES se debe el haberla convertido en "carretera" de penetración. Hoy en día cuando hay congestión en la Carretera troncal (a cargo de INVIAS) en le paso de la línea, éste desvío a pesar de no estar pavimentado es la alternativa y solución.
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CÓMO SE VIAJABA
HACIA 1840


A las cinco de la tarde encontramos veinte cargueros que nos esperaban. Uno de ellos se llamaba Domingo Ortiz, blanco y bien configurado; nos dijo que eran los peones buscados para nosotros y que él sería uno de los silleteros: aceptada la proposición y buscado el otro se presentó el lichiquero, luego los bauleros, los petaqueros, etc. El lichiguero es el que lleva la comida de los patrones y de los silleros y camareros, que son mantenidos por el patrón. Convinimos en el precio (catorce reales por arroba; a veces sube a diez y seis y aun a veinte) pesamos los baúles, las petacas, el líchigo (bastimento), y finalmente cuanto debía llevarse; y nos disponíamos a salir cuando se nos dijo que faltaba comprar la hoja para el rancho y contratar el peón que debía llevarla. Asombrónos esta circunstancia, pues no creíamos que en el centro de la república fuese preciso llevar consigo la cubierta de la posada. Nada era, sin embargo, más cierto. Compramos, por tanto, la hoja, y el peón que se comprometió a llevarla se encargó de prepararla debidamente. Consiste la preparación en sacarle un corte transversal en el tallo para asegurarla en el bejuco.
Pronto ya todo, salieron los peones que se mantienen por sí, a saber, los bauleros y los petaqueros: al siguiente día muy temprano dijimos adiós a nuestro bondadoso amigo el señor Esponda y salimos a pie

 

hasta donde se termina el plan de la ciudad: allí nos esperaban nuestros silleros con la silla pronta. Está hecha de guadua en figura de ángulo agudo; se sujeta al pecho por dos fajas de la corteza de un árbol llamado cargadera, y por otra en la cabeza. Sentámonos y marchamos por la primera vez cargados por hombres.
Inmediatamente pensamos el Combeima y empezamos a subir una cuesta larga y pendiente. Al principio nos causó molestia el andar con la espalda al camino; poco a poco fuimos acostumbrándonos y al fin encontramos agradable nuestra manera de viajar...
El Sentadero de Toche, lugar de nuestra parada, es bellísimo. A la izquierda corre el Tochecito por entre un bosque de arrayanes y de mayos que estaban cubiertos de flores; a la derecha, el caudaloso San Juan, cuyas aguas tienen la transparencia del cristal; al frente se levanta, hasta perderse en las nubes, la rama central de la cordillera; en las faldas se mecen majestuosamente las encumbradas palmas de cera, cargadas sus copas con una infinita variedad de papagayos.
Recostámonos a la orilla del Tochecito, esperando que los cargueros empezasen a hacer el rancho, operación que deseábamos ver. Llegando al poco rato trayendo varas y bejucos, escogieron el terreno, y con la mayor presteza formaron un enrejado con los mimbres, en los cuales aseguraron las hojas; pusieron luego ramas por ambos lados para evitar que el viento nos

dejase al descubierto; cavaron una acequia en derredor, y quedó concluida la obra. A las seis de la tarde el sereno era tan fuerte que nos obligó a instalarnos en nuestro hotel; la noche se acercaba amenazante y lóbrega; oíase a lo lejos el rugido de la tempestad... De repente se rompe la nube que teníamos más cercana... El agua caía a borbotones, el rayo a golpes redoblados, hería las orgullosas palmeras y los humildes arrayanes; el estampido del trueno, repetido por mil ecos, parecía anunciar el desmoronacimiento de las inmensas moles a cuyo pie nos hallábamos... Súbito, aparece el huracán: los altos robles perdonados por el rayo, sacudidos fuertemente, se doblan, ceden, vuelven a erguir su cabeza secular; pero nuestro débil rancho, incapaz de resistir el tremendo empuje, voló entero, dejándonos al descubierto sin más amparo que nuestros encauchados ni otro descanso que una gran piedra en que nos sentamos a presenciar aquella terrible lucha. El furioso viento, entre tanto, redobla sus esfuerzos, gira silbando en derredor del macizo tronco de una encina cercana; el árbol se mueve, cruje... cede al fin, y rueda en mil pedazos su hermosa copa por el declive del monte...
Acercábase ya la aurora y empezaba a calmar el furor de los elementos; nuestros cargueros, empapados y todavía aterrados, nos instaron para que marchásemos en busca de un lugar más seco para almorzar. A las cinco salimos y comenzamos a trepar una cuesta casi vertical
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sumamente resbaladiza, por una senda estrecha y en partes derrumbada. Temíamos nosotros que nuestros conductores diesen un mal paso y rodásemos juntos a inconmensurables profundidades; pero los pies de los cargueros parecían armados con punta de acero; la más débil raíz les bastaba para apoyarse. Seguros se sí mismo, confiando en si inimitable destreza, salvan sin temor los más horrorosos precipicios; pasan por un borde angosto y deleznable; trepan sobre esos troncos, asidos de un bejuco; se bambolean; toman fuerzas; saltan y quedan en pie. Entre tanto el patrón, que como nosotros pasa por primera vez, apenas respira, cree a cada instante perecer y guarda quietud por temor, más bien que por reflexión ni porque el carguero se la recomiende como único medio de salud; bastaría un momento fuerte para que perdieran el equilibrio y cayeran mucha veces para no levantarse jamás. Domingo Ortiz, mi carguero, inteligente y amigo de hablar, me refirió infinitas desgracias sucedidas a los que no sabían sentarse bien en la silla, y otras mil aventuras que oía yo con sumo gusto para divertir la monotonía de un camino sin variedad...
Detuvímonos para almorzar y para secar nuestra ropa, convidándonos el sol que, radiante y despejado, empezaba su carrera. Es necesario pasar una noche tempestuosa sin abrigo, para conocer el precio de un calor vivificante al siguiente día...
A las once continuamos nuestra marcha por entre un océano de fango. Los cargueros iban

hundidos hasta la cintura, sin encontrar ni una pulgada de terreno seco para pisar con seguridad. Al llegar al Yerbabuenal encontramos un enorme árbol caído sobre el camino; no llevábamos hachas ni, de llevarlas, es costumbre de los cargueros cortar los troncos que los embarazan; el que primero lo encuentra le salva como puede, y lo mismo hacen los otros, esperando que los peones que conducen bueyes y mulas lo destrocen. Mi carguero fue el primero que llegó. Examinó el tronco, midió su altura, reflexionó un momento, afirmó su bordón, y con admirable tino subió y bajó, apesar de que el tronco estaba resbaladizo y que el fango era profundo de uno y otro lado...
Treinta bueyes cargados bajaban por el mismo cajón que nos servía de camino: cuando oímos los gritos de los arrieros, estábamos muy inmediatos y no había tiempo ni posibilidad de regresar. Imposible era que los bueyes contramarchasen, no habiendo espacio bastante para dar la vuelta; aun habiéndolo, sería imposible. Estábamos a oscuras, nuestros cargueros con el barro hasta la cintura; verticales y húmedas las paredes del cajón, y los bueyes, avanzando siempre, sin detenerse por los gritos de nuestros peones, que se perdían en el ruido causado por las pisadas de hombres y animales. Difícil era nuestra situación; en cuanto a mí, no le encontraba éxito alguno favorable. Felizmente, ni carguero no perdió su presencia de espíritu, cavó con el bordón un agujero en la barranca, puso en dedo del pi

en él y logró alcanzar una rama que caía: me encargó la mayor quietud y quedó casi pegado a la pared del cajón. Yo entre tanto, con las rodillas más altas que la cabeza, sin ver objeto alguno y oyendo las pisadas de los bueyes que se acercaban, apenas respiraba, temiendo que el más pequeño movimiento hiciese resbalar el pie de li carguero y cayésemos entre el fango a ser pisados por los animales que venían: la muerte era segura. Mi carguero, tan sereno y valiente como era, estaba aterrado también y guardaba profundo silencio: yo sentía en mi cuerpo los violentos latidos de su corazón.
Llegaron al fin los bueyes y pasaron sin ofendernos: llevaban cargas de poco volumen; el último cargaba un par de petacas grandes; tropezó la una con la pierna de Ortiz y safó el pie del hueco salvador...
La rama de que estaba asido resistió por fortuna un instante, el necesario para que el buey pasase; pero se rompió luego y mi carguero cayó sobre mí; me sumergí en el fango sin poder hacer movimiento alguno; tampoco podía hacerlo mi conductor, y mucho menos desembarazarse de las cargaderas. Un momento más de demora en el barro, y era inevitable mi muerte, comparada con los más desesperantes sufrimientos: ese momento no fue el de mi destino: un carguero llegó y ayudó a Ortiz a levantarse; entre los dos me despegaron y limpiaron el fango de mi cara para que pudiese respirar. Dos horas empleamos en aquella angostura,
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las dos horas más terribles de mi vida, sin duda alguna...
A las ocho de la mañana salimos de Laguneta...
... La trocha por donde íbamos es sin disputa la peor parte del Quindío y la más lluviosa, en término que es sumamente raro pasarla con buen tiempo. Al llegar al Roble, el cielo se había oscurecido y el temblor de las hojas presagiaba una tormenta; continuamos, sin embargo, nuestro camino era literalmente por medio de un bosque que con dificultad daba paso a la luz, anegado de fango profundo.
A los doce o quince minutos de marcha, el aguacero que nos amenazaba empezó a caer con una violencia desconocida por los que no hayan pasado por la Trocha. Son aguaceros modernos.
Paróse mi carguero, porque era imposible caminar, y resolvió esperar a sus compañeros. Entre tanto comenzaron a agitarse las copas de los árboles; a poco rato oímos un zumbido prolongado. La tempestad de Toche, dije a Ortiz. Mucho peor, patrón, me contestó: es un huracán. Así era en verdad. El terrible fenómeno, paseándose sobre un océano de árboles, bramaba con furia; doblaba las altivas copas, que se bamboleaban, crujían y caían haciendo templar el suelo. Sobresaltando mi carguero quiso continuar en busca de un sentadero en donde viésemos al menos por qué lado venía el peligro. ¡Inútil afanar! El camino estaba totalmente obstruido, toda retiraba era imposible. Ni se aplacaba en tanto la furia del vendaval, ni se disminuía el

torrente de agua que nos inundaba; deslumbrándonos el vivo fulgor de un relámpago, serpenteando a nuestros ojos el rayo, al tiempo mismo que el estampido del trueno nos llenó de terror. La elevadísima copa de un árbol de otoba cayó aplastando los matorrales que crecían a su sombra. El furor del huracán estaba en su colmo. Yo, apoyado en un árbol, contemplaba con profundo recogimiento aquel sublime espectáculo y me disponía a presentarme ante el Supremo Juez, tal era el peligro... Ortiz, sentado sobre un tronco, observaba atentamente los árboles que nos rodeaban... De pronto se levanta, y "¡corra patrón!", me dijo: era el momento. Dos ráfagas de viento de viento encontradas diametralmente sobre nuestras cabezas, chocaron con espantosa furia, torciendo los árboles que nos cubrían, los arrancaron, los hicieron girar en la violenta vorágine y los arrojaron a tierra... Sin recurso en lo human, volví los ojos al cielo: pensé en mis deudos y amigos y me resigné... Cesó por fin la lluvia, el huracán se oía a lo lejos... Ortiz me hizo montar, y venciendo mil dificultades, llegó conmigo al Portachuelo.

Manuel María Mallarino